© 2018 Mariano Fuaz

1838. Taninos por aguadas (1/8)

De la serie Pequeñas historias que nunca sucedieron.

Taninos por aguadas

Los bocetos, la tinta, las ausencias, la espera yacían sobre la mesa. La cocina a oscura, dos copas servidas, una semivacía y la otra que espera. Su ropa esparcida. Sus medias puestas y un viejo pulóver que improvisaba de abrigo – de esos que se agarran al pasar sin elegir demasiado –  para no sentir la soledad.

Sus trazos de curvas la recreaban sobre papeles en grafito. Eran tantos y tan acabados que se podía leer sin imaginar. A gritos silenciosos expresaban el deseo de un sentimiento ya no presente. Su imagen, el tiempo y las ganas aún la miraban distorsionar como negándose a aceptar.

Nunca reparó en mi ingreso, su vuelo era interno, su duelo era el momento. No hice seña ni ruido, solo atiné a mirar.

Los tragos se sucedían cortos, pausados, como merecen un buen vino y un paladar que sabe apreciar. El grafito se convirtió en tinta y la tinta en trazos firmes. Al deseo lo veló la realidad y la imagen empezó a cambiar. Hubo entonces un silencio grande. Agudo, penetrante. Hubo una pausa larga. Sus ojos cambiaron, su respiración calmó. Usó sus dedos para terminar. Apagó la luz y lloró.

Nunca reparó en mi ingreso, había asumido la ausencia. Nunca volví a verla igual. Aún conservo sus trazos de tinta china con taninos por aguadas, registro exacto de momento en que decidió soltarse.